Los días se habían ido sucediendo hasta que llego el
día de mi cumpleaños, no entendía porque el resto de personas le daban tanta
importancia, a cada minuto envejeces, a cada segundo ahora mismo están
envejeciendo, no pasan de los 17 a los 18 directamente solo que, claro, no
tenían tanto tiempo como yo como para pararse a pensar en semejante tontería.
Si me hubiesen preguntado por mi cumpleaños antes de
que Mara muriese sería distinto, ella siempre me echaba la bronca por pensar
cosas así, sabía que tenía razón pero aun así me la echaba, en el fondo todo
esto nos hacía gracia.
El caso es que era un día común, en el que tenía
clase, odiaba el colegio ya que no solo no aprendías nada, sino que aun por
encima siempre me habían hecho bullying, siempre fueron los mismos y al
instituto siempre le dio igual, daba igual lo que pasara, ellos daban clase y
al final de mes cobraban, cualquier cosa que pasase en los recreos daba igual,
cundía la anarquía y la ley del más fuerte, que ellos aplicaban conmigo y con
Mara durante los 3 años que estuvimos juntos.
Mara había sido transferida de su centro al empezar
tercero de la ESO y había muerto, o mejor dicho, la habían matado, el 1 de
febrero, aproximadamente 2 años después de haberla conocido yo.
Mi cumpleaños se situaba en el 3 de abril en el
calendario, cumplía los 18 sin saber qué hacer con lo que, se supone, debía
considerar que era mi vida. El día empezó normal, apenas intercambie palabras
con mis padres tan solo me fui al colegio, tres horas de clase, un par de
patadas de mis compañeros y otras tres horas me separaban de volver a mi casa,
cerrar la puerta con llave y dormir hasta la noche; luego saldría de casa e
iría al escondrijo que Mara y yo teníamos, sentía de una u otra forma que ella
estaba allí y eso me tranquilizaba, luego volvería a casa para estudiar y, si
me daba tiempo, algo de internet para desconectar, una siesta y a empezar otro estúpido
día.
El día paso con normalidad, el grupo de 6 chicos que
se dedicaba a darme de hostias, me dio el doble, por haberles dicho que Mara no
era una puta, si estaban inspirados la insultaban a sabiendas de que yo la
defendería, al igual que hacía cuando ella estaba, a ella también le daban de
leñazos, a "modo de castigo" por "desmarginar" al marginado
de la clase, cuando ella estaba, la mayoría de las veces huíamos de ellos,
tarea difícil teniendo en cuenta que la inmensa parte del colegio nos odiaba y
se comunicaban entre ellos en nuestra huída a través del móvil, luego nos daban
de patadas o puñetazos, o de las dos cosas dependiendo del día, por último yo
me disculpaba por ser débil y ella hacía lo mismo conmigo, ya que odiaba que el
hombre no pudiese ser también el débil.
Las otras tres clases pasaron con normalidad, volví
a casa deseando dormir, estaba cansado, y no podía con mi cuerpo, aun
entumecido por la paliza de antes. Abrí el portal, vivíamos en un edificio
pequeño, de 5 plantas, viviendo nosotros en la quinta, cogí el ascensor, y subí
como de costumbre, metí la llave en la cerradura, giré la llave con la
intención de abrir la puerta, pero no se movía. No me había dado cuenta de que
alguien había pegado un sobre blanco a la puerta, estaba muy cansado y no me
dedicaba a comprobar el estado de la puerta. Puesto que no sabía qué hacer cogí
el sobre, dentro había una carta, en la carta ponía:
“Shinzu:
Nunca te quisimos tener como hijo, ya tienes 18 así
que lárgate, ya no estamos aquí así que no intentes localizarnos, ah, y
agradece por lo menos que no te llevásemos a un orfanato, te dimos casa y
comida durante todo este tiempo, no te vamos a cobrar nada por estos años, considéralo
tu decimo octavo regalo de cumpleaños, no nos cites en tu nota de suicidio, haz
algo bonito por nosotros por una vez.
Tus padres.”
No me podía creer lo que estaba leyendo, sabía que
no teníamos una relación padres-hijo en ninguno de los sentidos, había
descubierto que ellos nunca quisieron un hijo por el diario que dejo mi abuela
antes de morir, estoy seguro que de haberla conocido, me hubiese llevado bien
con ella, vivió hasta que yo tuve 2 años así que no la recuerdo, incluso intuía
que me odiaban, les hacía gracia el hecho de que cosieran a patadas y a
puñetazos a su hijo en el colegio, me querían muerto, pero después de las
"extrañas circunstancias" en las que murió mi abuela no les sería tan
fácil deshacerse de mí. Tenía una gran herencia preparada para darle a su hija,
mi padre fue militar durante un tiempo, sabía cómo matar a alguien sin dejar
rastro, pero, por lo que oí cometió un error, por lo que se dice que soborno al
juez, que aún por encima era amigo suyo, a veces venía a casa y charlaban, por
si fuera poco, lo claramente mal que se llevaban entre ellos lo confirmaba.
Esto venía reflejado en el diario que mi abuela escribió, y que ya no tenia, lo
único que tenía era algunos libros de clase, agenda, libreta, estuche… lo
necesario para ir a clase un día cualquiera.
De pronto me di cuenta de que no sabía si tenía a
salvo el colgante que Mara me había regalado, siempre lo llevaba encima, pero
por si acaso tenía que comprobar, mire en los bolsillos y ahí estaba, aquel
colgante barato, que Mara me había regalado con lo poco que pudo haber ahorrado,
lo mismo me paso, cumplíamos el mismo día y ninguno de los dos tenía dinero así
que no nos regalamos nada en el primer cumpleaños, en el segundo, los dos
ahorramos durante todo el año, sin saberlo el uno del otro, ella con su
colgante y yo con el mío, estábamos muy compenetrados. El colgante que le
regale yo está enterrado con ella, me pareció lo más justo.
Tras esa
breve comprobación no sabía qué hacer, no me iba a suicidar como parecían
desear mis padres, no por demostrarles nada, ni por demostrármelo a mí mismo,
sino por la promesa que le hice a Mara, tan solo nos prometimos eso, ambos
éramos un blanco fácil para el suicidio, así que nos lo prometimos cuando
cogimos la más mínima confianza el uno en el otro. Me vino la idea de okupar la
casa, aprovechando que ya nadie vivía allí, de todas formas lo mejor por el
momento para mí era ir a nuestro escondrijo, lugar apartado de la sociedad en
donde podría pensar, en donde sentía el alma de Mara.
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