sábado, 8 de noviembre de 2014

Capítulo 3

Durante toda la noche había estado tan distraído, en todos los sentidos, que había olvidado lo más importante, no tenia ningún lugar a donde ir, y aquel escondrijo no estaba protegido de las inclemencias del tiempo, ya no tenía a nadie, estaba solo, una soledad plena y absoluta; volver a la sociedad no era una opción, era un paria, un antisocial, no quería que nadie me diera caridad ni ningún tipo de ayuda, me tratarían como un loco y me mirarían como tal. No quería ver como personas a las que no les importaba se compadecían de mí, mientras me ponían una cara de preocupación vacía y falsa, basada en su estúpida filantropía carente de sentido alguno.

Lo único que necesitaba era tiempo, tiempo para encajar todo lo que había sucedido, tiempo para pensar, y estaba claro que lo iba a tener, así que solo faltaba conseguir un techo y comida. Estuve dándole vueltas un rato y llegue a la conclusión de que podía meterme en una de aquellas casas abandonadas, había para elegir, ahora solo faltaba conseguir algo para reventar las puertas, quizá en el interior de algún edificio hubiese algo para reventar la cerradura o directamente romper una puerta, así que salí del escondrijo por aquel callejón alargado.

Camine hacia el edificio más cercano, por suerte, la puerta estaba tirada en el suelo, probablemente un temporal la dejase así ya que por ese lugar no pasaba nadie, ciertamente era una ventaja para mi, por muy egoísta que sonase, no soportaba ver la felicidad de los demás, me dolía verla, era como si me clavasen un puñal en el corazón, como si el mundo quisiese decirme, mira,  ellos no están solos, son felices, viven, tu nunca conocerás esa felicidad, siempre has estado solo y siempre lo estarás, no vales nada.

Volviendo al tema, revisé cada centímetro de aquel portal sin resultado, subí las escaleras, parándome en cada rellano, con el mismo resultado, las puertas estaban cerradas y no había forma de abrirlas, seguí subiendo hasta llegar a la última planta; los trasteros, el edificio constaba de tres plantas, con dos viviendas por planta, y por vivienda había un trastero, el lugar estaba verdaderamente oscuro, entraba algo de luz de una ventana alejada pero poco más.

Yendo a ciegas toque las puertas, no parecían muy resistentes, decidí cargar con todo mi peso contra una de ellas, a ver qué pasaba. Como supuse, no eran muy resistentes, la puerta cayó al suelo y yo entre, era un lugar muy pequeño, unos seis metros cuadrados, y no había nada, repetí el mismo proceso con el resto de puertas y obtuve el mismo resultado, ya solo quedaba una, cargué contra ella y al caer descubrió un lugar siniestro, había un trozo de pladur del techo en el suelo, y un agujero en el techo que iluminaba aquel lugar, que estaba lleno de armas, desde navajas, hasta pistolas que podrían llegar a ser ilegales, en un estante había un hacha, perfecta para reventar cualquier puerta, por dura que fuese, la cogí, cuando estaba a punto de irme se me ocurrió coger alguna pistola, no sabía el nombre ni el modelo, personalmente el mundo de las armas no me interesaba, aunque mi padre me había enseñado como disparar una pistola cuando era pequeño, cogí una que me resultaba familiar, creo que era el modelo con el que había matado a ese cerdo, bueno, no era momento de rememorar en un lugar así, me lleve algunas recargas, "espero acordarme de cómo funcionaba esto" pensé.

Al bajar me rugió el estómago, ya no podía mas, necesitaba comer, llegue al portal y vi una sombra en la entrada de este, no sabía quién era y me asusté, la sombra entro en el portal, esa chica, me sonaba de algo, antes de que me diese tiempo a reaccionar dijo:

-Soy Nanao, la chica que conociste por la noche, ¿Quieres comer?, traje algo para que comamos los dos, ven, vamos al escondrijo.

Cogió mi mano y yo sin poder reaccionar, tal vez por miedo, fobia o por el simple hecho de no relacionarme con nadie, estaba temblando y ella lo notaba, creo que por eso sonreía tanto, aunque yo también pude percibir cierto nerviosismo detrás de esa sonrisa.

Cuando llegamos nos sentamos en el suelo, sacó un mantel en donde puso unos bocadillos, yo no cogí ninguno, estaba temblando, una cosa era responder a las preguntas de una persona que no veía y otra muy distinta era sentarme a comer con ella, por mucha hambre que tuviese, estaba paralizado, no me podía mover, no podía ni hablar, estaba muy agobiado, porque esa chica me ayudaba, empecé a respirar rápido, cada vez más rápido, sentía como el corazón me iba a mil, de pronto Nanao se levanto, y se acerco a mí, me cogió por detrás, note sus brazos rodeando mi cuerpo, me estaba abrazando, noté como me decía al oído:

-Déjame ayudarte.

Se separo de mí, volvió a su lado del mantel y siguió comiendo, yo seguía temblando, pero ya no tanto, así que acabé por comer, luego Nanao se tumbó en el suelo, indicándome que hiciese lo mismo, me tumbe y ella dijo:

-Odio el día, cerró los ojos y se durmió, yo pensé para mi mismo, "yo también" y me dormí junto con ella.

Cuando desperté era de noche, otra vez era una noche preciosa, Nanao ya no estaba, o al menos no podía verla, de pronto alguien habló, sin duda era Nanao, creo que había llegado a la conclusión de que sería más fácil entablar una conversación conmigo si no tenía que verla, y, en cierto modo, tenía razón.

-¿Crees que soy como el resto?

-No, no lo eres, nadie se acercaría a alguien tan extraño como yo como lo has hecho tu, cuando te vi no me pareciste como el resto, todas esas personas, siempre me parecieron la misma mierda, en cambio tu… todas esas preguntas, la forma en la que hoy me has ayudado parece tan verdadera, hay tantas personas que ayudan a otras, por ese deseo de ayudar a las personas en general, no por ayudar a una en especifico, pareceré yo el malo pero no las soporto, esas sonrisas falsas, esa forma de aliviar sin saber la magnitud de sus problemas, el dolor que les causa, solo lo hacen para sentirse buenas personas, ayudar a personas que en el fondo no les importan les hace sentirse bien, y luego siguen con sus buenas vidas, sencillamente no puedo con eso.

Hubo un silencio, pero de nuevo llego otra pregunta:

-¿Alguna vez has sentido ganas de acabar con ellos?

-¿A qué te refieres?

-A acabar con sus vidas, con todas aquellas personas que tanto daño te han hecho, con todas esas miserables y vacías vidas, existencias que torturan a otras que son tan débiles, esas personas, matan, provocan suicidios, pero no se sienten culpables, no creen que sea culpa suya, si alguien tiene que morir, mejor que sean ellos.

Esa pregunta me dejo asombrado, muchas veces había imaginado el matarlos, calmaba mi corazón atormentado, aun así, había algo que me lo impedía, y esa fue mi respuesta ante esa pregunta.

Nanao se quedo callada, empezaba a tener miedo de que me odiase por pensar eso, cuando de pronto dijo.


-Bienvenido…  a mi mundo. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Capitulo 2

El escondrijo quedaba algo lejos de mi casa, mejor dicho, de el lugar en donde me encontraba, no me hacía gracia la idea de salir por el día en lugar de salir por la noche pero necesitaba pensar, también necesitaba dormir, era un ser nocturno; por la noche era más fácil caminar por aquella ciudad sin encontrarte gente, y la luz del día me recordaba al colegio (al fin y al cabo solo salía de día para ir a ese lugar).

Seguí caminando un buen trecho, por los lugares menos transitados, si algún compañero del colegio me encontrase el resultado sería fatal. Llegue a una calle vacía llena de edificios abandonados, nadie vivía en ese barrio, estaba abandonado, -lo increíble es que aun no esté lleno de okupas o drogadictos o lo que sea- pensé, para eso ya había otro barrio más a mano para todo el mundo; mejor para mí.
Entré en el barrio y caminé hasta poder girar a la derecha, entre dos edificios había un ligero hueco en el que cabía casi de milagro que se prolongaba como si de un pasillo estrecho se tratase, al acabar el hueco se llegaba a un lugar peculiar, se trataba de un espacio creado por todos los edificios viejos que daban al exterior; del tamaño de dos habitaciones, era realmente grande, nunca entendí porque pero había un pequeño rectángulo de cemento adosado a la pared de un edificio que Mara y yo usábamos de banco, ella se sentaba a la derecha y yo a la izquierda, cuando murió me seguí sentando a la izquierda, podía sentir como ella se sentaba en la derecha, como me apoyaba desde donde estuviese, solo con sentarme allí sentía su alma.

Era hora de pensar que iba a hacer a partir de ese momento, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, estaba llorando y no quería, llorar tan solo me serviría para desahogarme, no solucionaría nada, me tumbe en el suelo, y me quede dormido.

Cuando desperté era de noche, hacía una noche preciosa,  me quede absorto viendo las estrellas en el cielo, no pensé, simplemente las veía y sentía la calma que me producía verlas, ese lugar en verdad era mágico, en ninguna parte del barrio había alumbrado público por lo que las estrellas se veían más nítidas que en cualquier lugar que conozca. De pronto oí una voz, una voz de mujer que no era capaz de reconocer.

-Todas estas estrellas… ¿Cuando el ser humano decidió sustituirlas por luces amarillas y artificiales para luchar contra su propio mal?

 No se dé quien era esa voz al principio me sorprendió escuchar a alguien en aquel lugar que consideraba mío, sin embargo la pregunta era bastante acertada, me dio que pensar pero al final la acabe respondiendo.

-El ser humano tiene miedo al no ver que pasa a su alrededor, además que unos que se consideran buenos aplican lo que llaman "moral y ética" en forma de leyes a los que las incumplen, para ello necesitan pervertir la noche colocando luces amarillas cada cierta distancia.

 Hubo un silencio durante un momento, y, de nuevo llegó otra pregunta.

-¿Que es la libertad, de verdad somos libres?

Decidí responder según mi forma de verlo.

 -No lo sé, pero... ¿en verdad alguien lo sabe? Todos hablan sobre la libertad, tenemos leyes que afirman que somos libres, mientras que estas mismas la acotan, pero, sin duda la que la destruye en su mayor parte es la sociedad, la sociedad le dice a todo el mundo como debe de comportase, como debe actuar, incluso lo que le debe de gustar, hay ciertas cosas que todo el mundo hace, no son vitales para sobrevivir, algunas van en contra de la supervivencia de la persona que las ejecuta, te pueden gustar, ser indiferentes u odiarlas pero las acabas haciendo. Puedes no hacerle caso a la sociedad, pero todo tiene un precio, el precio de salir de la sociedad y sus rigurosos parámetros es la soledad, por lo tanto puedes ser libre, por encima de leyes y de la sociedad, pero tu penitencia será la soledad, y ¿quién quiere tanta libertad cuando esta solo? Por eso limitamos nuestra libertad dándole parcelas a las leyes y a la sociedad.

Tras decir todo esto, y quedar a gusto llegó otro silencio, que duro más tiempo que el anterior, aquella voz volvió a sonar diciendo.

 -¿Y si un grupo de personas saliese de esa sociedad, tendrían libertad plena?

-Si salen de la sociedad, es porque se han dado cuenta de toda la libertad que les quita, si tienen un alto grado de tolerancia, sabiendo así respetar a los demás, su libertad no sería plena, necesitan normas para vivir, pero serían más libres que el resto, aunque no tendrían mas personas que las que están dentro de ese grupo, así que si tendrían cierto sentimiento de soledad

Esta pregunta si me había costado más responderla, ciertamente, quien quisiese que las estuviese formulando era distinta al resto.
Note como aquella persona se acercaba, se acerco a mí, agarro mi mano y tiro de mi, dejándome de pie, de ella solo podía ver como llevaba una sudadera, con la capucha puesta, dándole un toque distinto al resto.
-Soy Nanao, encantada, no tienes a donde ir, ¿verdad?, toma esto -era un mando con un botón en el centro-, sé que si te pido ahora que vengas conmigo me dirás que no, se que al final acabarás queriendo, así que púlsalo cuando lo tengas completamente decidido. Y después de decir esas palabras la chica desapareció.

No sabía qué hacer, aquellas últimas palabras antes de desaparecer me dejaron pensativo, ¿me conocería aquella chica? me había dado su nombre, Nanao… su nombre no me resultaba ni conocido, era la primera vez que lo oía, al igual que el mío, los dos eran raros. Ir con ella, no la conocía, ni siquiera sabía que pretendía con todas esas preguntas, preguntas tan bien elaboradas, que yo había contestado, puede ser que me recordasen a Mara, ella hacía esas mismas preguntas, las lanzaba al aire en realidad, y entre los dos las respondíamos, muchas veces ni hablábamos, estábamos los dos callados en aquel mismo lugar, pensativos.

Me quede un rato pensativo, en lo más profundo de mis recuerdos, necesitaba desahogarme de alguna forma, cogí el mp3 de mi mochila, y puse las canciones de los artistas más oscuras que encontré, amaba esa forma de desahogarme, simplemente las escuchaba y mis sentimientos se movían, sentía como todo el mundo me daba igual, me sentía especial, diferente, como podía acabar con todo el planeta, con todas sus convicciones con aquella sociedad absurda que apretaba y apretaba, me daba igual toda la gente, lo que me hiciesen, todo mi sufrimiento se transformaba en odio y no sé porque, pero me gustaba.


Toda aquella gente que me atacaba, que se reía a mis espaldas, incluso sin tener motivo alguno para hacerlo, no soportaba a ese atajo de imbéciles que se dedicaban a torturarme de todas las maneras posibles, a toda esa gente con sus sonrisas falsas, esa forma suya tan estúpida de verme, de intentar destruirme, la sociedad apretaba y apretaba, imponiendo su criterio, mientras yo tan solo pedía ser respetado, no, solo con no ser torturado me hubiese conformado, si tan solo tuviese un arma… No, ya estaba cruzando el límite de la cordura, tal vez solo fuese otra estupidez de la sociedad, querer proteger a los suyos, destruyendo a la vez su entorno, a los otros seres…  De todas formas daba igual, mientras pensaba todo esto ya había amanecido y tenía demasiada hambre; tenía que conseguir comida como fuese. 

sábado, 11 de octubre de 2014

Capítulo 1

Los días se habían ido sucediendo hasta que llego el día de mi cumpleaños, no entendía porque el resto de personas le daban tanta importancia, a cada minuto envejeces, a cada segundo ahora mismo están envejeciendo, no pasan de los 17 a los 18 directamente solo que, claro, no tenían tanto tiempo como yo como para pararse a pensar en semejante tontería.

Si me hubiesen preguntado por mi cumpleaños antes de que Mara muriese sería distinto, ella siempre me echaba la bronca por pensar cosas así, sabía que tenía razón pero aun así me la echaba, en el fondo todo esto nos hacía gracia.

El caso es que era un día común, en el que tenía clase, odiaba el colegio ya que no solo no aprendías nada, sino que aun por encima siempre me habían hecho bullying, siempre fueron los mismos y al instituto siempre le dio igual, daba igual lo que pasara, ellos daban clase y al final de mes cobraban, cualquier cosa que pasase en los recreos daba igual, cundía la anarquía y la ley del más fuerte, que ellos aplicaban conmigo y con Mara durante los 3 años que estuvimos juntos.

Mara había sido transferida de su centro al empezar tercero de la ESO y había muerto, o mejor dicho, la habían matado, el 1 de febrero, aproximadamente 2 años después de haberla conocido yo.

Mi cumpleaños se situaba en el 3 de abril en el calendario, cumplía los 18 sin saber qué hacer con lo que, se supone, debía considerar que era mi vida. El día empezó normal, apenas intercambie palabras con mis padres tan solo me fui al colegio, tres horas de clase, un par de patadas de mis compañeros y otras tres horas me separaban de volver a mi casa, cerrar la puerta con llave y dormir hasta la noche; luego saldría de casa e iría al escondrijo que Mara y yo teníamos, sentía de una u otra forma que ella estaba allí y eso me tranquilizaba, luego volvería a casa para estudiar y, si me daba tiempo, algo de internet para desconectar, una siesta y a empezar otro estúpido día.

El día paso con normalidad, el grupo de 6 chicos que se dedicaba a darme de hostias, me dio el doble, por haberles dicho que Mara no era una puta, si estaban inspirados la insultaban a sabiendas de que yo la defendería, al igual que hacía cuando ella estaba, a ella también le daban de leñazos, a "modo de castigo" por "desmarginar" al marginado de la clase, cuando ella estaba, la mayoría de las veces huíamos de ellos, tarea difícil teniendo en cuenta que la inmensa parte del colegio nos odiaba y se comunicaban entre ellos en nuestra huída a través del móvil, luego nos daban de patadas o puñetazos, o de las dos cosas dependiendo del día, por último yo me disculpaba por ser débil y ella hacía lo mismo conmigo, ya que odiaba que el hombre no pudiese ser también el débil.

Las otras tres clases pasaron con normalidad, volví a casa deseando dormir, estaba cansado, y no podía con mi cuerpo, aun entumecido por la paliza de antes. Abrí el portal, vivíamos en un edificio pequeño, de 5 plantas, viviendo nosotros en la quinta, cogí el ascensor, y subí como de costumbre, metí la llave en la cerradura, giré la llave con la intención de abrir la puerta, pero no se movía. No me había dado cuenta de que alguien había pegado un sobre blanco a la puerta, estaba muy cansado y no me dedicaba a comprobar el estado de la puerta. Puesto que no sabía qué hacer cogí el sobre, dentro había una carta, en la carta ponía:

 “Shinzu:

Nunca te quisimos tener como hijo, ya tienes 18 así que lárgate, ya no estamos aquí así que no intentes localizarnos, ah, y agradece por lo menos que no te llevásemos a un orfanato, te dimos casa y comida durante todo este tiempo, no te vamos a cobrar nada por estos años, considéralo tu decimo octavo regalo de cumpleaños, no nos cites en tu nota de suicidio, haz algo bonito por nosotros por una vez.

                                                                                                                  Tus padres.”

No me podía creer lo que estaba leyendo, sabía que no teníamos una relación padres-hijo en ninguno de los sentidos, había descubierto que ellos nunca quisieron un hijo por el diario que dejo mi abuela antes de morir, estoy seguro que de haberla conocido, me hubiese llevado bien con ella, vivió hasta que yo tuve 2 años así que no la recuerdo, incluso intuía que me odiaban, les hacía gracia el hecho de que cosieran a patadas y a puñetazos a su hijo en el colegio, me querían muerto, pero después de las "extrañas circunstancias" en las que murió mi abuela no les sería tan fácil deshacerse de mí. Tenía una gran herencia preparada para darle a su hija, mi padre fue militar durante un tiempo, sabía cómo matar a alguien sin dejar rastro, pero, por lo que oí cometió un error, por lo que se dice que soborno al juez, que aún por encima era amigo suyo, a veces venía a casa y charlaban, por si fuera poco, lo claramente mal que se llevaban entre ellos lo confirmaba. Esto venía reflejado en el diario que mi abuela escribió, y que ya no tenia, lo único que tenía era algunos libros de clase, agenda, libreta, estuche… lo necesario para ir a clase un día cualquiera.

De pronto me di cuenta de que no sabía si tenía a salvo el colgante que Mara me había regalado, siempre lo llevaba encima, pero por si acaso tenía que comprobar, mire en los bolsillos y ahí estaba, aquel colgante barato, que Mara me había regalado con lo poco que pudo haber ahorrado, lo mismo me paso, cumplíamos el mismo día y ninguno de los dos tenía dinero así que no nos regalamos nada en el primer cumpleaños, en el segundo, los dos ahorramos durante todo el año, sin saberlo el uno del otro, ella con su colgante y yo con el mío, estábamos muy compenetrados. El colgante que le regale yo está enterrado con ella, me pareció lo más justo.

 Tras esa breve comprobación no sabía qué hacer, no me iba a suicidar como parecían desear mis padres, no por demostrarles nada, ni por demostrármelo a mí mismo, sino por la promesa que le hice a Mara, tan solo nos prometimos eso, ambos éramos un blanco fácil para el suicidio, así que nos lo prometimos cuando cogimos la más mínima confianza el uno en el otro. Me vino la idea de okupar la casa, aprovechando que ya nadie vivía allí, de todas formas lo mejor por el momento para mí era ir a nuestro escondrijo, lugar apartado de la sociedad en donde podría pensar, en donde sentía el alma de Mara. 

viernes, 10 de octubre de 2014

Introducción

Aquel día era otro mas en el calendario, los días pasaban y pasaban sin que me diese cuenta, al fin y al cabo no hacía nada en especial en mi vida, no desde que Mara murió, ella siempre estaba feliz, o al menos lo aparentaba, su sorrisa cálida era contagiosa.

Cuando la conocí, con 13 años,  nunca había sonrreido y desde que murió, los dos con 16 (cumplíamos el mismo día) no había vuelto a hacerlo, ella era mi única amiga y yo su unico amigo, con unos padres distantes conmigo, podria decir que ella era la única persona con la que habia hablado de verdad, hasta entonces y desde entonces estaba solo, soy Shinzu y, siendo anti-social a la edad de 18 años y sufriendo bullying tanto verbal como fisico estaba condenado a la soledad eterna o al suicidio, pero pronto todo cambiaria…